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El ideal universitario ha sido idealizado y pragmatizado a lo largo del tiempo. Ahora, se piensa exclusivamente en este elemento final del proceso educativo, como una etapa de la que se espera que otorgue al estudiante un elevado número de “competencias” laborales que le faciliten ingresar a la fuerza laboral formal sabiendo hacer algo, siendo “capaz”, siendo hábil así como tener la capacidad intelectual y personal de responder al entorno económico de la región donde habita.

No siempre ha sido así. De hecho el perfil social de la participación de la Universidad como ente viviente en la transformación del individuo es de una relevancia considerable. Esto significa que un joven adolescente [18-19 años] que ingresa a las aulas de la educación superior, egresará como un adulto [23-25 años] integral, con un criterio forjado, con una considerable capacidad de análisis y con una serie de actitudes hacia la solución de problemas laborales y personales.

Es ésta etapa, se presenta la última oportunidad ad-hoc para que la persona madure y crezca en su intelecto a la vez que en su propio criterio. El resultado de su interacción produce o elimina la confianza en sí mismo, en su propio conocimiento y en la forma en que se enfrenta al mundo dinámico y complejo de la vida laboral.

Estudiantes de escuelas públicas presentan por ende, una personalidad característica y los que egresan de prestigiadas escuelas privada otra completamente distinta. Esto tiene que ver con el día a día, con el grado de involucramiento del maestro con el alumno, con el mensaje positivo o negativo que el futuro profesionista recibe en retribución al trabajo y al esfuerzo con el que se dedica a su actividad formativa.

El papel que la Universidad juega dentro de esa transformación definirá en gran medida el tipo de profesionista que egrese. Si la institución en todos sus ámbitos genera espacios positivos, retos, reconocimiento, mensaje general e individual de que son personas ganadoras, así es como enfrentarán la vida, caso contrario si los mensajes y el trato es enfocado en el error, en el fallo, en el castigo, allí surgirán obreros, conformistas y elementos sin herramientas reales para desarrollarse así mismo y a su entorno.

De nuevo el rol de docente se debe elevar a niveles idealistas, convertirse en un factor y actor de cambio, un generador de posibilidades. La cátedra libre, donde abundan los mensajes extra-contenidos y con énfasis social son cada vez más satanizados. El antiguamente docente libre de exigir análisis y crítica social a los alumnos adecuándola a su propia materia en el área del conocimiento que fuera, está ahora sujeto a las “competencias” del curso, a generar “obreros altamente especializados”.

Es momento de retomar el antiguo valor del mensaje social hacia el interior del aula. De rescatar y adecuar las palabras de Salvador Allende al decir: la obligación de todo el que estudió aquí [Universidad] es involucrarse en el mejoramiento del bienestar social de su propio pueblo, no enriquecerse y convertirse en un tirano dentro del entorno donde desarrolle su profesión bajo el sustento de su propio conocimiento…

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