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No cabe duda que una de las consideraciones que los alumnos toman con mayor valor es la coherencia del docente con actividades de carácter profesional. Esto se evalúa de manera vehemente por parte del primero y difícilmente un docente sin antecedentes o actualidades que la experiencia en el campo le pueden brindar, logrará cumplir con el objetivo de “inculcar” un sentido de admiración por parte del alumno.

Esta importancia se puede entender si tomamos como supuesto que la relación alumno-maestro es una extraña mezcla entre la relación de cliente-proveedor y la de hijo-padre, ¿Dónde estriba esta extrañeza?, esta pregunta es relativamente comprensible, más no del todo difícil de descifrar.

En la relación cliente-proveedor, el cliente solo requiere un servicio o producto de un proveedor, no pretende nada más allá de ésto, no le interesa la integridad, ética o actividades alternas del mismo. Solo está interesado en el resultado, la calidad y el grado de satisfacción y utilidad que le encuentre a aquello que ha sido adquirido y que se pretende dar uso para obtener un beneficio.

Sin embargo, la relación hijo-padre no es de esta naturaleza. En ella, el hijo, además de esperar protección, guía, tutoría, mentoría y conocimiento del padre, busca encontrar en él la coherencia entre lo que se transmite y lo que se vive. La evaluación de un buen padre no se puede realizar durante el proceso de crecimiento y adquisición de un criterio. Se logrará determinar el alcance de sus acciones educativas y  formativas al finalizar el proceso de crianza y la forma en que el hijo logra insertarse de manera adecuada en la sociedad que rodea al ámbito familiar.

Es por ello que la mezcla surge, se amalgama, se mimetiza y logra con ello exigir más a un docente que a un proveedor, pero menos que a un padre. El alumno, mientras tenga dicho estatus, buscará tener en su formación a una persona que lo guíe, lo eduque, le otorgue valor para la vida que viene una vez terminada su formación, pero también espera que el producto recibido [en este caso el aprendizaje académico], sea de calidad, sea útil y sea actual.

Allí es donde finalmente el alumno aprecia y tiene en alta opinión a un docente que logra combinar las actividades docentes de aquellas que son de carácter profesional y que le dan un valor cualitativo ante la continua evaluación del alumno. Esta profesión que más que cualquier otra puede ser un “parte aguas” en la vida de un ser humano, debe, de alguna manera, buscar esa sinergia entre el conocimiento teórico y la práctica profesional que exigen los alumnos [clientes-hijos] que se encuentran en la vida académica de cualquier institución educativa.

 

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